In Fieri

9 de marzo de 2026

¿Quién eres?

Es una pregunta que solemos esquivar porque nos obliga a mirar a donde no hay etiquetas. Por inercia, nos agarramos del puesto que tenemos, del apellido que cargamos o de lo que hemos logrado comprar, como si eso fuera lo único que nos sostiene.

Pero si nos quitan todo eso que nos enorgullece lucir, lo que queda no es un vacío, sino un collage de gente, errores y aciertos que se nos han ido pegando. En un principio somos como una pizarra en blanco donde nuestros padres fueron escribiendo con un gis que parece permanente. Ahí nos heredaron las cosas buenas: la forma de ser generosos, la disciplina para levantarnos temprano cada mañana o ese abrazo que nos enseñó lo que es sentirse seguro.

Pero en los márgenes, también anotaron sus propios miedos. Nos escribieron el ‘qué dirán los demás’, sus inseguridades ante el fracaso y hasta esos prejuicios que ni siquiera eran suyos. Antes de tener criterio propio, ya cargamos con sus batallas ganadas y con los traumas que no supieron resolver. Crecemos creyendo que esa letra es nuestra, cuando en realidad solo somos el eco de sus voces.

Pero ojo, esto no es un juicio de culpabilidad. Sería injusto apuntar con el dedo cuando les debemos el piso que pisamos. Nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas —rotas o no— que tenían a la mano; nos sacaron adelante mientras ellos mismos intentaban no hundirse. No existe un manual para ser padre, y a menudo ellos estaban tratando de descifrar su propia pizarra mientras escribían en la nuestra. Se trata de entender que nos heredaron sus miedos no por malicia, sino por humanidad.

Después, el mundo nos suelta de la mano. Conforme dejamos atrás la infancia —donde todo era jugar y aprender—, la realidad nos da las primeras bofetadas. Empezamos a recolectar piezas por nuestra cuenta, a veces a la mala: la primera decepción que nos enseñó a poner una pared, el primer enfrentamiento con un mundo que para nada es justo, o ese vértigo de sentir mariposas por alguien. Sin darnos cuenta, nos fuimos llenando de otros; nos quedamos con la risa de un amigo, la seguridad de un maestro o el vacío que dejó alguien que se fue sin avisar.

Pero ese collage no solo se nutre de los que nos aman; a veces los extraños y los que nos lastiman dejan las piezas más visibles. Somos la suma de las personas que dejaron alguna marca en nosotros, para bien o para mal. También somos lo que aprendimos por observación directa: ese jefe que no queremos imitar, ese amigo que nos enseñó lo que es la lealtad con su ausencia, o ese desconocido que en una plática de cinco minutos nos cambió un prejuicio. Muchas veces, definimos quiénes somos simplemente trazando una línea y diciendo: ‘yo no quiero ser así’. Esas marcas, las que nacen del rechazo y del desengaño, son las que terminan de darle forma a nuestra figura.

¿Pero entonces qué pesa más? ¿Lo que amamos o lo que odiamos? A veces el miedo a repetir un patrón es tan grande que nos perdemos en la huida. Pasamos años tratando de no ser ese padre autoritario, ese ex tóxico o ese jefe amargado, sin darnos cuenta de que, al pelear tanto contra esas sombras, les estamos regalando el control de nuestra identidad. Si mi única brújula es ‘no ser como ellos’, ¿quién está llevando realmente el timón? Corremos el riesgo de convertirnos en un negativo fotográfico: existimos solo porque algo más nos dio forma por contraste, pero no tenemos luz propia.

Pero y entonces, ¿Cómo empezamos a elegir? ¿Cómo se siente ese momento en el que dejas de huir de “ser como alguien” y empiezas a caminar hacia “ser como tú”?

¿Quién eres realmente?